Hace años mi hija se presentó en casa con un gatito que había encontrado en Sitges.
Tiempo mas tarde me confesó que de encontrárselo nada de nada, que se había
enterado que una señora tenía gatitos y quería regalarlos y fue a buscar uno. Le llamamos Gatito, pues tenía cara de gato, y
al hacerse mas mayor le llamamos Gato, pues Don Gato era uno de los gatos de Carmen y todo
tiene su jerarquía. Poco a poco se fue haciendo el rey de la casa. Dormía en la
cama de mi hija o en la mía, se hacía las uñas en las sillas, las cortinas y
los sofás. En fin la joya de la corona.
Al
cabo de unos años me fui a vivir con el que sería mi segundo marido y aunque no
le gustaban los gatos no era negociable el que no me lo llevara.
Con
el tiempo se fue encariño con Gato y las cosas fueron a mejor, aunque de vez en
cuando habían broncas como el día que descubrimos que donde le gustaba al gato
hacerse las uñas era en un sofá de piel. Como os podéis imaginar el sofá quedó
hecho trizas, llenos de arañazos.

Desde
esa día por la noche cerraba la puerta del dormitorio cada noche pero Gato
siguió siendo El Rey de la Casa.
3 comentarios:
Pues yo hubiera encerrado fuera a mi marido...jajaja
De acuerdo, yo largo al marido no al gato. Y mas siendo el segundo marido.
Tenéis razón, pero esto se aprende con los años.
Que sepáis, el gato volvió a dormir conmigo hasta que pobrecito murió
Publicar un comentario